Criar desde el alma: ¿Por qué un abrazo enseña más que un grito?

Hoy quiero que hablemos de corazón a corazón sobre un tema que seguro resuena en muchas de nosotras: la crianza. Últimamente, escuchamos mucho sobre la "crianza respetuosa", esa idea hermosa de construir una relación más horizontal y cómplice con nuestros pequeños.
Sin embargo, sé que muchas crecimos de otra manera. Crecimos en un mundo más vertical, donde la palabra del adulto era ley, sin espacio para cuestionar o expresar lo que sentíamos. Nos decían "hazlo porque yo lo digo", y bastaba. Es probable que, si conversamos con nuestros padres o abuelos, nos digan con total convicción que "así se hacían las cosas" y que gracias a eso crecieron "bien", como personas de provecho.
Y no dudo de su amor, ¡jamás! Pero me pregunto, con todo el cariño del mundo, ¿qué significa realmente haber "crecido bien"?
A veces, detrás de ese "estoy bien", se esconden adultos a los que les cuesta pedir ayuda, que cuando un problema los desborda, se aíslan. Adultos que reaccionan con rabia ante un conflicto o que, por el contrario, se achican ante una burla y no saben cómo poner límites. Somos la generación a la que le enseñaron a callar para no molestar, y hoy, a veces, nos cuesta encontrar nuestra propia voz. Crecimos pensando que merecíamos el castigo, la indiferencia o la falta de un "¡tú puedes!", y nos convencimos de que eso era lo normal.
¿Crianza respetuosa es dejar que hagan lo que quieran? ¡Para nada!
Aquí es donde entra la magia de la negociación y de ofrecer opciones. En lugar de un "¡Ponte los zapatos ahora!", podemos intentar con un "¿Prefieres los zapatos azules o los rojos para ir al parque?". El niño siente que tiene el control, que su opinión vale, y nosotros logramos el objetivo de que se prepare para salir. Es un ganar-ganar.

Y cuando llega el caos... ¿qué hacemos?
Cada berrinche es una oportunidad. Una oportunidad para romper esa cadena que quizás cargamos. La del padre que se ponía furioso porque no sabía expresar su frustración de otra manera, o la de la madre a la que le silenciaron tanto la voz que hoy, de adulta, no sabe decir "no" cuando es necesario.

Siempre decimos que la sociedad necesita cambiar, ser más amable, menos violenta. Pues, ¿saben qué?
Ese cambio gigante que soñamos empieza en el rincón más pequeño y poderoso de todos: nuestro hogar.
He leído comentarios de gente que dice: "A mí nunca me pegaron, pero con una mirada de mi papá me quedaba tieso". Y lo cuentan como una victoria. Otros agradecen los "buenos azotes a tiempo" que, según ellos, los hicieron gente de bien. Nuestra memoria es sabia y, a veces, para protegernos, esconde el dolor. Quizás, detrás de esa mirada que paralizaba, había un miedo profundo a lo que podía venir después.
No estoy aquí para juzgar a nadie. Todas, como madres, padres o cuidadores, hacemos lo mejor que podemos con el amor que tenemos y las herramientas que nos dieron. Mi única intención es dejar una pequeña semilla de reflexión: sí, hacemos lo que podemos, pero siempre, siempre, podemos hacerlo un poquito mejor.
Porque al final del día, todos tenemos un mismo anhelo: criar seres humanos plenos, seguros y, sobre todo, felices.
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